domingo, 23 de agosto de 2015

Rosa, rosae. "Lengua materna", de Suzette Haden Elgin.


“Primavera de 2180…
(…)Podría haber contratado a cualquiera para que hiciera lo que ella hacía en la casa, incluyendo los servicios sexuales (…) comprado servomecanismos órdenes (…) el único servicio que no podía conseguir simplemente en otro lado, era el papel de Michaela como oyente. ¡Oyente! Aquello no tenía precio, y desde un principio fue una sorpresa para él (…) significaba muchísimo para Ned Landry, porque le encantaba hablar y contar historias. Le encantaba coger las historias y aumentarlas, y pulirlas hasta que las veía sin mácula (…) Para Ned, ese tipo de charla era uno de los placeres principales de la vida de un hombre.
(…) Michaela siempre parecía interesada. No tenía que responderle, porque él no tenía ningún deseo de entablar conversación: sólo quería ser escuchado, atendido; pero cuando ella respondía, su voz nunca llevaba aquel deje de impaciencia y aburrimiento que tanto le irritaba en los demás.
Michaela escuchaba. Y se reía en los momentos que él consideraba graciosos. Y sus ojos brillaban en los momentos en que él pretendía construir tensión. Y nunca, ni una vez en tres años de matrimonio, le dijo: “¿Podrías ir al grano, por favor?”.

Eso fue precisamente lo que le estropeó el bebé con su llegada. Podría haber soportado todo lo demás. Ver que Michaela parecía cansada por la mañana en vez de mostrar su usual perfección era molesto; ver que su atención se distraía mientras hacían el amor porque el bebé lloraba era irritante (…) Era su primer bebé, y ella no dormía todo lo necesario: Ned era un hombre razonable, y comprendía (…) ¡Pero nunca llegó a entrarle en la cabeza que el bebé interfiriera también en sus momentos de charla con Michaela! Jesús, de haberlo sabido, la habría esterilizado antes de casarse con ella (…) Estaba en un punto de una historia que empezaba a quedar perfecta, una que llevaba tiempo contando pero que ahora empezaba a tomar forma (…) ¡y el el jodido bebé comenzaba a lloriquear! (…) no había ninguna diferencia entre ordenarle a Michaela que hiciera callar al mocoso u ordenarle que lo dejara llorar…, en cualquier caso, aunque por supuesto ella hacía exactamente lo que él le decía, ya no conseguía su atención (…) su mente se hallaba con aquel pequeño tirano llorón. Nunca había considerado esta posibilidad (…)

(…) habría ofrecido voluntario al pequeño puñetero a Trabajo Gubernamental aunque hubiera tenido que pagarles en vez de recibir una bonificación en su cuenta, porque no estaba dispuesto a dejar que le echara a perder la vida una criatura que no pesaba ni seis kilos (…) No señor. Esta era su casa, y pagaba por ella, por todo lo que había dentro (…), y por Dios que iba a tener una esposa como había especificado que fuera (…)

También estaba el atractivo de que su hijo pudiera ser el primero en descifrar un lenguaje no humanoide…, eso estaría muy bien (…) la gente encontraría que su conversación sería oro puro (…) Por supuesto, no se le cuenta a una mujer que vas a hacer algo por lo que se pondrá tonta. Las cosas se hacen, y ya está; después, se le dicen (…) Ella se sorprendió cuando él le dijo que podía asistir [a la fiesta en casa de su hermana]. Ned hizo un buen trabajo diciéndole cómo se merecía un poco de diversión, y que incluso podía quedarse hasta medianoche si quería. Aquello le dio el tiempo suficiente (…) para que Ned entregara al bebé junto con todas sus ropas, juguetes y demás. Tuvo un cuidado escrupuloso de que no quedara nada que recordara a Michaela al niño, aunque aquello significó tener que subir y comprobar su habitación personalmente, y era alérgico al spray no tóxico que usaban allí, que le hacía toser, atragantarse e hincharse como un sapo (…)

Y se sintió orgulloso de ella, porque lo aceptó como la auténtica dama que sabía era. Estaba preparado para una escena (…) Pero ella no dijo ni una palabra (…) Cuando él le contó que tenía que ir a la clínica por la mañana y ser esterilizada antes de que volviera a suceder, Dios no lo quisiera, ella palideció un poco y adquirió aquella hermosa expresión que tenía a veces cuando estaba asustada. (…) Había ofrecido al bebé, y eso era todo. Le recordó que aquello era algo de lo que cualquier americano de bien estaría orgulloso, pues era un sacrificio heroico por el bien de los Estados Unidos de América, la Tierra entera y todas las colonias de la Tierra (…) Y le dijo cómo el Presidente probablemente les enviaría una nota de agradecimiento (…) Iba a ser una historia magnífica, especialmente si el Presidente llamaba, y a Ned le había contado que a veces lo hacía; ya sabía cómo iba a comenzarla (…)
No le habló del dinero porque no quería que pensara cosas raras, y las mujeres siempre piensan cosas raras (…)
-Déjame que te cuente qué sucedió en la maldita reunión (…)
Y ella escuchó, prestando toda su atención, como antes de la llegada del bebé, sin decir una palabra porque eran las tres de la madrugada ni nada por el estilo (…)
-Te quiero, cariño –dijo, desde las almohadas que ella le había mullido. A las mujeres les gustaba oír eso (…)

Se quedó allí tendido, sonriéndole y preparado para recibir su desayuno especial (con doble ración de fresas), cuando oyó el ruido.
-¿Qué demonios es eso? –preguntó (…)
-Ned, querido –dijo ella-, ya sabes que mis oídos no son tana agudos como los tuyos…, no oigo nada (…)
No vio las avispas hasta que entró en el tocador y cerró la puerta tras él. ¡Cuatro, maldición, enfadadas (…)! Tanteó en busca de la puerta, tenía que salir de allí rápidamente  (…) ¿cómo coño habían entrado ahí dentro? (…) oh, Jesús, algo raro le pasaba a la puerta, la placa que había que pulsar para abrirla desde dentro no estaba (…)
Entonces empezó a llamar a Michaela a gritos, agradeciendo reverente y sinceramente a Dios el que ella nunca, ni una sola vez, le hubiera hecho esperar por nada.
Michaela le sorprendió. Le hizo esperar largo rato. Lo suficiente para asegurarse. Lo suficiente para acabar con los insectos y echarlos al vaporizador. Lo suficiente para arreglar la puerta (…) Lo suficiente para ver que sólo hubiera huellas de él  en todas las cosas que debía haber tocado (…)

Sólo cuando pudo dar un paso atrás y ver que no había nada fuera de lo corriente (…) a excepción del cadáver en el suelo, gritó pidiendo ayuda y se desmayó apropiadamente en el umbral de la casa, a la vista del monitor de seguridad. Cayendo con cuidado, asegurándose de que no se hacía ningún daño (…)”


"Lengua materna" (Ultramar, 1989) se desarrolla en una sociedad distópica en la que la supremacía del hombre es total, las mujeres no tienen derechos ni poder.
Se ha establecido contacto con otros mundos extraterrestes, se colonizan otros planetas y sobresalen las dinastías de Lingüistas, directamente involucrados en el comercio interplanetario. 
Este es sólo un pequeño fragmento para el retablo de una gran novela.
Suzette Haden Elgin (Lousiana, 1936) falleció en enero de este año.