jueves, 10 de septiembre de 2015

Rosa, rosae. Niña con cachorro de perro o lobo.


No sé si la hizo un fotógrafo o una fotógrafa.
Me la envió una amiga, la encontró en la Red.
Decía que se veía en ella.

Genuina, reservada. Y una mirada antigua, entre serena y sostenida, muy hecha. 
Seguro que también veis a una mujer de 50.

Eso me hace pensar en las niñas que fuimos; intuitivas, algo salvajes, alegres, respondonas, “bichos”, buenas estudiantes. Listas.
Luego dejamos de ser niñas, o pasaron otras cosas.
Ahora, en los 50, veo con qué me quedo de aquella niña, y lo que dejo de lo que pasó entre medias.


Pero ese cachorro a la espalda lo cambia todo.
Es la ilusión. La compañía. Quizá el mundo, o todo.
Sabemos que crecerá y ya no podrá llevarlo a cuestas.
Sabemos que sin duda irá con ella: marcharán juntos. Ella y su animal.
También ella habrá crecido entonces.

Recordemos a nuestra niña interior.
Una gran guía. 
Tenemos pequeñas grandes guías en nuestro interior.