domingo, 26 de noviembre de 2017

"El monstruo que nos devorará". Asun Blanco Cobelo.



Es posible que mi ignorancia en el tema no me permita ver muchas de las caras de esa infatigable lucha polifónica que es el feminismo. Pero aún con todo, estoy por arriesgar que quizá en pocas de ellas se está planteando una lectura novedosa sobre el camino a seguir para tratar de que la mujer ocupe el lugar que le corresponde en el mundo. Que no es otro, en mi opinión, más que aquel que la evolución mental de Homo Sapiens entiende por obvio: No existen diferentes categorías de seres humanos. No hay personas de primera, segunda o tercera clase…. O no debiera haberlas, quiero decir.

Sea como fuere, la discriminación de la mujer existe, es real y siempre dolorosa. Y el feminismo continúa incansable en su larga lucha no violenta por abolirla.

El meollo de la cuestión radica en encontrar la forma adecuada de combatir ese “patriarcado omnipresente” tan poderosamente inscrito en la mente de todxs.

Se han planteado diferentes ideas: visibilización, empoderamiento, sororidad… que se intentan vehicular a través de debates, formación de agrupaciones, presencia en “la red”, etc. Soluciones todas ellas necesarias que suman, allanan el camino y avanzan en la consecución de logros (además de agrandar la mente, algo que debiera escuchar y leer todo aquel ser humano interesando en crecer intelectual y éticamente), pero que no acaban de cuajar en una vía que se perciba como definitiva. Claro que las cosas nunca son: blanco o negro, así que en una escala de grises, esa “vía definitiva” no excluiría a las demás, sino que se erigiría como el rio principal que va creciendo con la aportación de numerosos afluentes.

No es la primera vez que escucho a “veteranas” activistas comentar que creen retroceder en el tiempo al escuchar, hoy en día, las mismas propuestas que ya fueron debatidas en su tiempo.

Yo no sé cual es “la vía mágica” para acabar con la injusticia de la discriminación de la mujer. Ni tan siquiera estoy segura de que a estas alturas pueda encontrarse una. Pero sí quiero resaltar un aspecto que pienso que se está pasando por alto.

En general la sociedad está aplicando al siglo XXI unos esquemas mentales del siglo XX y aunque eso siempre ha sido así, (los hechos van por delante de la construcción mental que elaboramos de los mismos), esta vez, este desfase es determinante y crítico.

Anaïs Alice Jil Méon TAC Prague
8th Oistat Theatre Architecture Competition

En un futuro próximo, nada lejano, muy cercano de hecho, la sociedad se va a mover y actuar bajo los criterios que dicten “los algoritmos”. No hablo de ciencia ficción. Hablo de la realidad de hoy en día, donde desde hace tiempo tomamos decisiones en función de lo que “nos aconseja la red”. Para ir de un lugar a otro vamos por las carreteras que nos indica una máquina. Adoptamos los hábitos de salud que nos sugiere el ordenador-reloj que llevamos en la muñeca. Nos informamos basándonos en lo que nos ofrece “un buscador”…

Existen cientos de ejemplos de cómo seguimos, sin cuestionar, sus sugerencias. Y les hacemos caso porque sus propuestas casi siempre nos benefician. Pero estamos pasando por alto un detalle muy importante: No estamos teniendo en cuenta sus “sesgos”.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el feminismo?

Por primera vez en la historia el ser humano está reconfigurando, de forma radical, lo que va a ser en el futuro; en qué se va a convertir. Hay quien habla del que Homo Sapiens se extinguirá en este siglo, y yo lo creo también. Bien porque nos autodestruyamos (bajo la forma de una gran guerra auspiciada por un “pronto de testosterona” o del aniquilamiento del hábitat que nos sustenta) o porque nos vamos a transformar en algo diferente. Muy diferente.

Estamos asistiendo a los inicios de esa gran transformación y no nos estamos enterando, no estamos siendo conscientes de ello. Ni hombres, ni mujeres.

Pero en nuestro caso, estamos volviendo a perder, una vez más, la iniciativa en la construcción de ese nuevo “ente”; ya que la definición de “esos algoritmos” que nos cambiaran, la está realizando “el patriarcado”.

Sin mujeres en la tecnología, ni en la ciencia, los sesgos (muchos de ellos no intencionados) que esos algoritmos están cometiendo, y van a cometer en mayor grado, van a tener una impronta discriminatoria determinante para la mujer y otros colectivos.

Por ejemplo, cuando un algoritmo decida quien merece un ascenso laboral lo hará en base a toda la información guardada que coteje, y deducirá que los hombres son mejores candidatos a la vista de las “realidades” anteriores; tal y como explica Cynthia Dwork (*)

Estos posibles sesgos de los algoritmos están siendo objeto de estudio por parte de los tecnólogos pero, por desgracia, una vez más, la visión de la mujer está ausente, o no es proporcional, en dichos debates [Cynthia Dwork es una de las pocas excepciones que está trabajando en ello].

Maruja Mallo
"Estudio para viajero del éter", 1958

El ser humano se está re-construyendo desde la ciencia y la tecnología, bajo sus dos grandes vertientes: la biotecnología y la Inteligencia artificial.

Y las mujeres no estamos ahí con suficiente presencia como para que nuestro modo de mirar pueda equilibrar la balanza en la construcción de aquello que seremos.

También es verdad que lo más probable es que los debates éticos futuros, no vayan a discurrir sobre el sexo, género o raza de los seres humanos. Ya que estos aspectos se habrán convertido en intranscendentes cuando la modificación genética y bioquímica sea solo una cuestión económica.

Dentro de poco, elegir el sexo, o cambiarlo, seleccionar el color de piel, de ojos, o decantarse por tener unos músculos elásticos frente a unos potentes… serán sólo parte de las opciones de una inmensa carta con numerosas casillas sobre las que ir marcando. Quizá entonces, lo que suceda es que la sororidad sea necesaria buscarla entre los humanos frente al “patriarcado impasible” de las Inteligencias Artificiales sin consciencia.

No queda mucho para eso, más bien poco, pero mientras tanto, el feminismo debiera armarse intelectualmente para el nuevo “sesgo tecnológico” que se está gestando.

En realidad, si el ser humano fuera inteligente (tal y como le gusta autoproclamarse sin pruebas fehacientes de ello) y se moviera por ideales diferentes a la avaricia y el egoísmo, hombres y mujeres debieran unirse en intentar entender el Frankenstein que estamos creando. Un monstruo que puede devolvernos al paraíso o eliminarnos de forma definitiva.

Por cierto, es curioso cómo cuando Mary Shelley, una mujer, imaginó el monstruo de Frankenstein, lo vislumbró como un ser atribulado que intentaba ayudar a aquellos que le habían creado y que a cambio recibía su odio solo por ser diferente. Si la historia la hubiera escrito un hombre, posiblemente ese poderoso Frankenstein hubiese aniquilado a su creador y se hubiera erigido en amo de los débiles humanos. O a lo sumo, un heroico justiciero le hubiera derrotado en épica batalla.

Por eso la mirada de la mujer es tan necesaria en estos momentos. Por eso es imprescindible que el feminismo insista en estar en esas ciencias y tecnologías que nos están re-definiendo. Porque queda poco tiempo, muy poco, antes de que ese “ente” que estamos creando crezca, piense por sí mismo (bajo las premisas sesgadas del patriarcado) y él solo decida qué hacer con nosotrxs.

© Asun Blanco Cobelo
@abcobelo

(*) Cynthia Dwork, informática de la Universidad de Harvard, está desarrollando formas de asegurarse de que las máquinas funcionen de manera justa. (Fuente: MIT Technology Review).





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